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Torbellino Comunicacional

Dentro del río, nadie nota que estamos nadando

Escrito por quinqui el 31/01/2016 23:44 hrs. Modificado el 31/01/2016 23:45 hrs.
Guardado en Sociedad
Etiquetas: Crítica, Reflexiones
Las comunicaciones del mundo actual son sobrecogedoras. No tanto por la profundidad de los mensajes, sino por la cantidad tanto de actores como de información que fluye entre ellos. El principal canal, internet, no puede ser llamado culpable, pues quienes lo implementaron no fueron “seres del planeta Internet”, sino personas de nuestro mundo (acaso estas personas podrían ser las llamadas culpables, pero esto no viene al caso a estas alturas de la Historia).

El caso es que la apertura de este nuevo medio de comunicación, que permite a todo ser humano poder intercambiar bilateralmente información, ha generado un cambio socio-mental en toda la especie, al punto de modificar no sólo conductas, sino de crear nuevas.

Y una de esas conductas que quiero comentar acá es la “auto exhibición”.

Cierto es que el ser humano siempre buscará la forma de acoplarse al grupo, lograr un lugar cómodo y permanecer en él la mayor parte del tiempo. El deseo de ser reconocido es algo inherente a nuestra especie (por no decir a todos los seres vivos), pero hay rangos de reconocimiento que cada quien elige establecer como su límite. Estos rangos son como círculos concéntricos, que tienen por punto de origen al sujeto en cuestión: a medida que el sujeto crece, va modificando el límite, en función de hasta dónde quisiera ser reconocido. Un niño quiere ser reconocido por sus padres; un adolescente, por sus compañeros y coetáneos; un joven, por la sociedad; un adulto, por su familia y ámbito laboral; un anciano, tal vez por nadie, etc.

El caso es que esos rangos hoy por hoy se encuentran gravemente distorsionados (por no decir eliminados).

Pues las comunicaciones de hoy permiten al ser humano prescindir de cualquier límite: el rango de reconocimiento que tiene es el mundo mismo.

Y en función de ello, hemos llegado a este momento histórico en que todos somos artistas, todos somos famosos, todos somos protagonistas de nuestros propios realities; a su vez, todos tenemos derecho a opinar, a gritar, a reclamar, a protestar, a hacernos ver, a hacernos reconocer como importantes para el mundo completo.

Esta tendencia socio-mental nos acerca peligrosamente a la pérdida irremediable de valores de antaño que fueron la base para la buena convivencia social: respeto, humildad, prudencia, modestia, seriedad.

Ya no son sólo los artistas que antes no poseían vitrina y ahora sí, sino todos aquellos seres, desde los más nobles hasta los más ruines, quienes tienen lobby para expresarse. Pues al abrirse las puertas del teatro, se ha abierto también la posibilidad para todos aquellos, que si bien no tienen intenciones exhibicionistas, se han colgado de las nuevas “formas” de la comunicación, para hacer llegar sus mensajes a las masas.

Los ruines hacen memes, los nobles hacen campañas para ayudar.

Curioso, no obstante, resulta el que, aun cuando los mensajes de los últimos posean potentes y valiosos significados, las “formas” que usan muchas veces implican totalmente lo contrario.

Así tenemos a personas que defienden hábitos tan saludables como el ciclismo urbano, pero lo hacen de una forma tan arrogante que hacen ver a todos los ciclistas como unos snobs, unos engreídos que se creen mejores seres por no contaminar usando el auto o la locomoción: el ser sano no es visto como algo positivo, sino como algo de moda y elitista. Tenemos por allá a los animalistas, que desean de todo corazón ayudar a los pobres animales abandonados, pero lo hacen apuntando y señalando a quienes se les acercan, intimidando y regañando a los incautos, como si fueran verdaderos perros rabiosos: el ser piadoso y generoso no es visto como una hermosa virtud, sino como una tarea que sólo la llevan a cabo los más belicosos.

Como lo dijera antes, los medios se abrieron, pero sin una regulación, donde cada quien utiliza el criterio propio para medirse. Y ya que somos miles de millones los usuarios de este canal de comunicación, no es arriesgado decir que miles de millones son también los criterios que existen a la hora de regular.

Aún recuerdo cómo antaño, las buenas enseñanzas, los mensajes más valiosos, no venían adornados por ningún color o sabor, sonido o perfume, no pretendían imponernos voluntades (aunque así siendo niños lo sintiéramos) ni querían alienarnos con sus sesgadas ideologías: eran las sencillas palabras de los padres, o de los profesores, quienes enseñaban con el ejemplo valores tan prácticos como el respeto, la humildad, la prudencia. El mensaje eran los valores, la forma eran las buenas costumbres; sin intermediarios, cara a cara, sólo el maestro y el aprendiz... Y hoy piden educación personalizada para sus hijos… en qué mundo viven… ¬¬

Para finalizar, y relajarse un rato, bailemos al ritmo de Joe Pino ^.^




Crédito Foto: Pixabay
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